
"El argumento" es la última historia del libro "Cuentos con alcohol " del genial poeta Mauricio Gil Cano. Aunque en realidad, no se puede afirmar con exactitud que se trate de una historia, sino el trasunto del soneto de Lope de Vega sobre cómo se hace un soneto. Es decir, le da otra vuelta de tuerca a la difícil argumentación de hablar del argumento. Y lo hace de una manera ciertamente exquisita y admirable. Como no podía der de otra manera, está aquí por su enorme invitación a la reflexión, a ese tan amado pensamiento. Esperon lo saboreen y disfruten: no es para menos.
EL ARGUMENTO
Lo primero de todo es el argumento. Aquello de lo que se habla, según los manuales de retórica, que admiten además otras consideraciones. Pudiera ser el resumen más o menos extenso de una obra literaria o, en un sentido clásico, del razonamiento que se emplea para convencer sobre algo. Así que en el principio era el argumento, ¿o no? Dice la religión que en el principio era el verbo y el resto vino después. Por tanto, es lícito escribir sin argumento preconcebido, pero si éste es aquello de que se habla, conforme hablamos, estamos creando el argumento. Algo así como hizo Dios: hablar siete días y crear este disparate universal. Luego si hablamos en busca de argumento, ya lo tenemos. Ése es el argumento: su búsqueda por parte del... ¿autor? No se lleven a engaño. Así como Dios –estoy seguro- no buscaba el argumento, yo, a partir de ahora, más bien desde el arranque de estas palabras, dejo de ser yo, es decir, sigo siendo yo, pero no el que creíais -si alguien lo creyese, lo cual es mucho suponer: ¿para qué iba nadie a creer en mí?; pero bueno, demos por sentado que hay ciertas personas que no se cuestionan mi inexistencia, porque me ven a diario o esporádicamente, al menos-. Quiero decir que yo no soy ese yo en carne y hueso que perciben mis vecinos y relaciones, sino el primer personaje que interviene en esta historia -por llamar de algún modo a semejante disertación-: un personaje en busca de argumento. Otra cosa sería pensar hasta qué punto el autor se encarna en este personaje, en qué medida se vierten sus pasiones, qué grado de sí mismo hay en él. En mí. Pero les voy a contar un secreto: el autor no merece la pena, es hombre poco interesante. Hagamos como si no existiera, por favor. Estoy yo, aquí, fumando un cigarro. Claro que ustedes aún no saben dónde es aquí. Desconocen el escenario -en términos teatrales-. ¿Pueden imaginarme? ¿Qué saben en realidad de mí? ¿Es necesario que tenga siempre que dirigirme a ustedes? ¿No puedo obviar al lector? Lo digo porque así me desenvolvería con más naturalidad.
Tal vez la busca del argumento fuera como pedirle un sentido a la vida. Para muchos lo tiene, pero debe ser porque están engañados. ¿Qué sentido posee no fumar un cigarrillo? Preservar la salud, pero es algo relativo. Hay productos muchísimo más venenosos que un cigarrillo y no tomamos ningún tipo de prevención hacia ellos. Nadie nos advierte. Ayer crucé la calle justo detrás de un autobús y me vi envuelto en una nube tóxica. Construyen en frente de mi casa, a poquísimos metros -vivo en una calle extraordinariamente estrecha- y ahora están pintando el edificio. Debo tener las ventanas cerradas, para protegerme del penetrante olor. El único sentido que podría tener no fumar un cigarrillo es su capacidad de adicción. El efímero placer de unos minutos echando humo insta a repetir, en breve plazo. Un cigarrillo invita a otro. El fumador jamás se sacia. He descubierto el sentido de no fumar ahora un cigarrillo: fumármelo después. Con este pensamiento evitaré considerarme un fumador empedernido. Otro sentido de no fumar un cigarrillo es que no tengo ningún paquete de tabaco cerca, aunque se trata más bien de un inconveniente. Si me levanto de la mesa, salgo de la habitación y registro la casa, tal vez encuentre cigarrillos. O no. También podría salir de la vivienda. Hay un establecimiento cerca. Pero incluso en ese pequeño tramo que me separa de él, caminaré expuesto a encontrarme con alguien desagradable. No ya con los dos drogadictos que se meten una papela de caballo en los escalones de entrada; ésos están demasiado engolosinados como para ocuparse de nada más. Claro que nunca se sabe: la reacción de un ser humano resulta en demasiadas ocasiones imprevisible. Ésos son mi peligro doméstico, digamos. Hay otros: paseantes anónimos, vecinos insufribles. En la tienda pueden concentrarse todos ellos. Y además, él: el dependiente, con sus fatídicos modales de falsa cortesía. No estoy dispuesto a arriesgarme. Pasaré sin cigarrillos. Ahora veo el sentido de no fumar por el momento. Bueno, en alguna parte debo tener una cajetilla de Ducados, seguro. Bien sé en dónde. No me engañaré más tiempo e iré a por ella.
Ya estoy echando humo, pero esto no puede ser el argumento. A lo peor, sí. El argumento es humo. Soy un personaje que cumple su argumento. ¿No busco nada más? Poco dura el placer. Se acabó el pitillo. Ya estoy sin argumento, de nuevo. O sigo el argumento de buscar argumento. ¿Qué fue antes? ¿Huevo o gallina? ¿Yo o el argumento? Pregunta ya contestada con anterioridad, pues, en el principio, fue el verbo. Dogma de fe. Y el verbo se hizo hombre. La vida es el argumento. Mi vida. Pero no la voy a contar. Por ahora.
No voy a contarle nada a nadie. Pero anoche, habiendo decidido no salir a exponerme a peligros y distorsiones, me cayó la bomba en propia casa. El chico argentino con su novia, que parece india. Hicieron amistad conmigo y ahora los tengo una noche sí y otra también cenando en mi salón. El chico se toma el coñac de mis botellas con un desparpajo impresionante. Él mismo se llena las copas y las vacía impunemente, una tras otra. Yo, que con una sola paso toda la velada, tengo que estar contemplando cómo el jovenzuelo desperdicia el más exquisito de mis licores en su gaznate. Anoche se terminó mi última botella. No las regalan, por supuesto. Se bebería cuatro o cinco mil pesetas con toda naturalidad. También se fumaron mis cigarrillos. Espantoso. Ya estoy otra vez sin tabaco, sin sentido de la vida. Estuvieron hasta las tantas y, después de comerse, beberse y fumarse todo lo que hallaron, se marcharon dejándome una sensación de vacío irremediable. Además, discutimos. No sé cómo me atreví. Algo tiene esa pareja que disuelve mi voluntad con sólo una sonrisa, o una mirada. Esta vez discutimos, empero. No acaloradamente, pero fui capaz de disentir. Lo cual es buena señal. Ya me voy atreviendo a mantener una posición sobre algo, a hacer valer mi personalidad. Si conservo la firmeza, dentro de nada, no tendré que temer salir a la calle y encontrarme con éste y con aquél. Debo construir una coraza resistente a las inclemencias de los otros, un impermeable para guarecerme de la lluvia ácida que destilan aquellos que llamamos prójimos.
Les he mentido en varios puntos. Primero, respecto a los cigarrillos. No me había quedado sin tabaco. Estuve todo el discurso fumando a mi antojo. Segundo, en cuanto a la frecuencia con que viene a visitarme la pareja argentina. Sólo han cenado dos veces en mi casa. Tampoco se acabaron la botella de coñac. Ni éstas me cuestan cuatro o cinco mil pesetas. Me las regalan, lo cual no disminuye su valor, sino que lo aumenta. Tampoco era coñac exactamente, sino brandy, de una solera familiar que no se encuentra a la venta, prácticamente inencontrable, si no fuera por mi amistad con Borja. Ahora mismo paladeo, de vez en vez, una copa del exquisito brandy que me regaló hace poco. Borja es de las escasas personas autorizadas para venir y pasar un buen rato contándome sus cosas. No es que hable de nada especial, pero me agrada su trato, el mundo que representa, en peligro de extinción. Él y su familia debían ser una especie protegida, pero dudo que nuestras leyes les concedan el mismo aprecio que yo les profeso. Además, ese tipo de leyes nadie las cumple. Nada tiene arreglo. Borja un día morirá cirrótico y pasará al orbe de mi recuerdo, si le sobrevivo.
Podría unir a mi serie de desmentidos el que los argentinos no vinieran anoche, pero esto es relativo. Anoche no es la misma noche de anoche, cuando me refería a ello, pero tampoco anoche me refería a anoche, sino la otra noche: entonces dije anoche, pero ya no es anoche. Relatividad del tiempo. Ambigüedad del lenguaje.
Lo único cierto, por tanto, sería mi aversión a salir a la calle, mi temor a algún encuentro inesperado, cierta enfermiza fobia. Aquí estaría, pues, el argumento, porque el resto sólo resultaría un argumento falso. Pero, por ser falso, ¿ese argumento es menos argumento? Si soy un personaje, debo pertenecer a una obra literaria. La literatura es esencialmente ficción. ¿Qué más da entonces que un argumento sea falso o cómo puede ser falso un argumento? Aquello de que se habla puede ser mentira. Podemos decir mentiras, encauzarlas como perfecto argumento. La verdad es otra cosa, pertenece a otro ámbito: su reino no es de este mundo. La vida puede tener un sentido, sin que necesariamente ese sentido sea verdadero o falso. O verdadero y falso son conceptos que no tiene sentido aplicar.
Creo que filosofo demasiado. No salir a la calle fomenta este tipo de obsesiones. ¿Y si les dijera que sí salgo al exterior y saludo a los vecinos y al tendero hasta le explico el número de cigarrillos que fumo al día, porque éste no exhibe ninguna falsa cortesía? Es una persona encantadora, en verdad. Pero ya decidí obviar a los lectores. Por favor, no me molesten. Concédanme la gracia de no pensar en ustedes, de ser espontáneo.
Pero sí puedo sustentar un argumento falso para convencer de algo. Los políticos lo hacen a menudo. Nos bombardean con falacias, por ejemplo, para justificar la guerra. Los argumentos falsos están hechos pensando en ustedes, en nosotros. Constituyen armas del arte de la persuasión. No quiero persuadir de nada. Obrando espontáneamente, relegaré la falsedad. Pero ¿yo, el personaje? ¿O el autor? ¿El autor me hace a mí -¿a imagen y semejanza?- o es el personaje quien conduce a su creador por los intrincados vericuetos de esta suerte de metaliteratura? Ambos caeremos por un barranco que bien me sé: no hay argumento.
Y ahora, si me lo permiten, voy a retirarme a descansar un rato. Mi autor ha perdido el interés en proseguir la -llamémoslo así- historia. Ya dará con un buen argumento. ¿O no le habré convencido como personaje? ¿Tienen algo que alegar al respecto? Carecen de ese derecho. Esto no es ningún diálogo socrático.
Mauricio Gil Cano
Cuentos con alcohol